Por Huber Cracogna
El más conocido Estoico de la Grecia clásica, Diógenes, me sigue generando un particular estimulo que lo ubico en mi más íntima convicción, nostalgia y melancólica abstracción: Se masturbaba en la plaza central en plena luz diaria, dormía en un tonel, defecaba en público, no se higienizaba, despreciaba lo material aborreciendo al orden establecido. Picado por la curiosidad y respondiendo a la provocación, Alejandro Magno, se acercó a él y le ofreció todas sus posiciones, si Diógenes se la pedía. Llegó a decir que si no sería el Gran Alejandro, le habría gustado ser Diógenes. El particular Estoico, solo le respondió que se quitara de su vista, “que le tapaba la luz del sol”.
Nos domestican y nos embozalan en las más ilustres y refinadas doctrinas. Si eso no alcanza, la inquisición social se encarga de establecer censuras al punto tal de estimular a sectores sociales que justifican solicitar la muerte o la tortura aplicada a quien es diferente y redomón en el cumplimiento de esas premisas que nos albergan, nos identifican y hasta nos arrancan sentires de pertenencias. Ese orden, el mismo que nos estafa, nos maltrata y hasta nos excluye.
Sonría, Lo Estamos Filmando. No es otra cosa que un pernicioso eufemismo que nos idéntica como CHORROS, mientras permanecemos eligiendo artículos en un Supermercados. Luego de pasar por caja, pagás por tus preferencias y al cabo de superar la puerta de salida, podes confirmas que sos un CHORRO, hasta que demuestres lo contrario. El principio de INOCENCIA solo es aplicable al dueño del supermercado que acaba de estafarte con los precios abusivos, contratando empleados en negro y mal tratados, pero, eso no está en discusión ni consideración. El Orden Establecido e instaurado, ganó una vez más en la cultura universal del domesticado.
Al cabo de una llamada a telefonías – por consultas – las empresas multinacionales te piden evaluar la calidad de la atención del empleado. Jamás te permiten evaluar el servicio que la empresa telefónica te presta, que a menudo es deficitario, malo y caro. El evaluado es solo el empleado, que en general, está contratado por 6 meses, destinado a 12 horas de trabajo ininterrumpido evadiendo todas las exigencias laborales estipuladas en leyes. Diógenes me sigue provocando una febril nostalgia y una patética y abstracta melancolía.
Escuchaba con atención a un periodista dando recomendaciones a sus oyentes conforme instruía sobre la inminente visita de censistas que mañana habrán de visitar nuestros hogares cumpliendo con una ley nacional. Sugería, el periodista, al igual que una autoridad en el tema, “no dejar entrar al censista y atenderlos en la puerta” no evitando ser impulsado por la suspicacia que nos ayudará a prevenir un mal mayor, atento a que podríamos estar en frente de un ladrón, un violador o solo un mal entretenido. Las altas rejas que nos separan de los afectos y que construyen puentes de desconfianza solo evitarán el ingreso de la manguera de bomberos voluntarios destinada a apagar el fuego ante una desgracia sufrida. Las rejas construidas por un mundo domesticado por la estupidez, seguirán construyendo distancia en el reconocimiento de quienes podrían facilitarnos una taza de azúcar, cuando el almacaero de la esquina, haya ya cerrado sus puertas.
Diógenes escandalizaba a gran parte de la sociedad que jamás comprendió su construcción filosófica e ideológica. Solo en quien y donde radicaba el verdadero poder, se sintió interpelado – Alejandro Magno – que intentó ponerle precio a lo que juzgó una verdadera amenaza a su expansión.
Ya no existe Diógenes ni Estoicos…los bozales resultan cada vez más baratos y estúpidos.