El mundo ya no es maravilloso. Me han dejado. Jorge Luis Borges

Sus letanías lo buscaban, lo recogían, lo atrapaban: lo poseían. El recuerdo tierno de su dulce infancia; la presentación inicial en el colegio acompañado de su madre; la culminación de sus estudios primarios; el ingreso a la casa de estudios donde la conoció a ella, donde la amó en silencio mucho tiempo se enfrentaban a la horas del chacal. El volcán de recuerdos erosionaba el alma con lavas de culpas.
Desde niño descubrió su timidez convertido en un chico sin posibilidades de acercarse y luchar por lo que sintió como su primera y fuerte atracción pasional. Cuando niño, se había enamorado de cuanta niña conoció.
Desde adolescente las vísperas y amor lo alejaban de su niñez, del amor fraterno, en especial de mamá y sus caricias, que comenzaban a descubrirse en un mundo que tomaba una atroz distancia que podía medirlas en horas. Guillermo culminó sus estudios secundarios valiéndose de su ostensible capacidad intelectual. Él, estaba convencido que lo hizo solo por estar cerca de ella.
Terminaba un día agotador, desfalleciente. En la habitación de la humilde parroquia que el obispado le había asignado breve tiempo atrás, luego de sus primeros pasos, el joven cura inmerso en pensamientos y reiteradas crisis, al convertirse en médico del alma, se sostenía en la única fortaleza que eran su fe y sus convicciones de hombre de Dios.
Una Biblia, la que llevaba consigo desde el comienzo de sus estudios seminaristas se advertía posada en la desteñida mesa de luz como olvidada y, su cuerpo abandonado en pos de rutilantes y lejanos recuerdos, lo postraban en una cama impecablemente arreglada. Con ambas manos puestas debajo de la nuca lo obligaban desesperadamente a aclarar sus pensamientos. Los mismos que asomaban amenazantes bajo la forma de una pesadilla.
La dulce sonrisa de su madre, que siempre comprendió sus debilidades y, ayudó a estructurar sus fortalezas. La implacable rigidez de su padre, quien moldeó su templanza en la formación juvenil acompañaba su soledad descifrando planteos que lo asaltaban con perspicaces preguntas. El orgullo de ambos, por su único hijo entregado a la fe, se debatía con recuerdos cercanos a la niñez y, a su hoy, vida de seminarista.
El azaroso encuentro juvenil con ella en una esquina a pocas cuadras del internado. La repentina invitación a tomar un café en un bar cualquiera con la que logró una larga charla mezclando sonrisas, preguntas y abordar sueños que ambos dejaron entrar en sus jóvenes vidas, luego de que culminaran sus estudios secundarios. Pero, en aquel momento no resultó fácil dejar que se presentara la complicidad para dar formas a lo único que a él, tal vez, le hubiese interesado abordar con ella.
– Guillermo, ¡decidiste ser seminarista! No puedo creerlo y, pensar que conozco chicas que me preguntaban por vos y creo, algunas de manera muy interesada. ¿El mundo de la fe reemplazará a las carencias a las que habrás de enfrentar en esa vida?
Estas voces cercanas repicaban como estigmatismos interrogando a su memoria ya confundida. Sus formas maduras, idealizada en sueños, aumentaban dudas y lo alejaban de su fe vocacional. Daría su vida por estar nuevamente sentado a esa mesa, no sólo para verla, sino para enfrentar la rigidez de su tímida estructura y, decir lo que ocultó tanto tiempo, creyéndolo al ingresar al Seminario, abandonado su inconfeso testimonio al olvido del tiempo.
Cansado, atormentado, cerró sus ojos y se sintió caminar por un largo sendero acompañado de su sueño latente y frustrado despojado de su alma, de sus pasiones. En una de sus manos colgaba el baúl de sus sueños juveniles, en la otra, la espera de la muerte al final de sus días. Los abrió de manera repentina, vio colgado el crucifijo sobre su cabeza. Le dio la impresión que ese Cristo símbolo del dolor, de la redención y el perdón, también participaba de sus preguntas, de sus dudas y planteos existenciales.
“Los hombres buscan en la fe, en Dios, respuestas que no se logran en ninguna otra ciencia o sabiduría milenaria pagana. Tampoco se puede precisar cuándo esas respuestas aparecen o, sólo logran sacarlas de las fibras más íntimas; tal vez se nace con ellas, tal vez, no se aprende a encontrar la pregunta adecuada para lograr gozar de la sabiduría que anida en nuestro interior. Ese es el camino de un sacerdote: ayudar a entender los designios y el camino que cada hombre tiene trazado”.
Eran esas palabras, de un sabio, las que le fueron entregadas en horas previas a su ordenación como sacerdote; un cura sexagenario, se las obsequió demostrándole estima a su candidez personal y promesa de pastor. No obstante, los arraigados recuerdos no lograban alejar esa descontrolada pasión que lo atormentaba, lo seducía, que lo invitaban a mirar un horizonte en el que se encontraba con su figura de hombre con vehemencia hormonal buscando caricias de su juvenil amor, que tal vez, aún lo esperaba.
– Por mi entrega a ti Señor, por esa búsqueda altruista en que te pedí que caminaras cercano guiando mis pasos ¿por qué habrá de ser a costa de renunciar a mis sueños más íntimos, esos que tú conoces? Mi acercamiento a la fe me solaza, me eleva buscándote en la Paz que la encuentro en tu rostro. Pero… ¿por qué, debe ser a costa de mis renuncias?, las que me quitan el alma de hombre que me niegan a amar como quiero. El amor, tantas veces proclamado como lo único que salvará al hombre, también eleva Señor, pero… ¿por qué a nosotros, se nos tiene negado? Es que ¿no es posible encontrarte en la clamorosa búsqueda de amores y hasta en las propias miserias humanas? Creo, te podremos hallar siempre que te busquemos en los hombres y a la vez, en aquello que cada uno tengamos en lo más recóndito, callado, oprimido – dedujo Guillermo en voz alta, trasladando su alocución reflexiva a Jesús crucificado, que lo acompañaba en su decires, replicándose ¿Un cura sin fe por estar enamorado? – se preguntaba reflexionando agónico.
–
Su repentina rebeldía y padecimiento lo obligaban a preguntarse, si Dios, no es un invento de los hombres. Si estar cerca de Él le da mayor sentido al renunciamiento, aplacando sin más aquello que ya no podía controlar.
Encontrarse en sus últimos días apagado por el olvido y al triste final al que todos estamos condenados cuando el baúl de la muerte sopesara sobre nuestros pasos ¿qué habríamos de decir?
Tal vez, sólo resignar su haber de vida a interminables y tristes ausencias entregadas al sacrificio y a la condena de no poder contar del amor, ni siquiera sus penas o, el utópico intento por alcanzarlo, al menos en un instante fugaz.
Al reconocer su debilidad o, tal vez su fortaleza, la que se nutría desenfrenadamente de rebeldía, se preguntó dónde irán las almas. Qué habrá que decir luego de la muerte al culminar el derrotero por esta vida terrenal. Lo asaltó repentino esa teoría literaria que propone el perdón de Dios al mismísimo Lucifer al final de los tiempos.
– ¿Por qué tanto encono aún en los cielos? – se pregunto confundido.
¿Qué será el paraíso y, qué habremos de hacer para merecerlo? ¿Por qué existe el amor y en pos de honrar a “Quién” nos legó bajo las formas de miles de preguntas y sensaciones irresistibles, nos obliga a renunciar a él?
Eran demasiadas preguntas para calmar una crisis maniatada al despertar de un hombre negado a serlo. Convencido que respondía a su vocación pastoril, sus contradicciones solo miraba el silencio de ausencias sin respuestas. Su vocación de médico del alma lo enfrentaba a su mísera resignación.
En una atormentada noche el joven cura demandaba resoluciones imposibles. Nunca encontraría respuestas. No al menos en tristes padecimientos perturbados en una crisis mezclada con designios de Dios atado insondable a un dogma.
Pero… – se preguntó revisando con miradas cada centímetro de la pequeña habitación – mis pares, en algún momento, ¿se habrían preguntado lo mismo?; ¿Habrían logrado responderse cómo clérigos las mismas dudas que guardaran o, aún guardan bajo sus sotanas?
¿De qué se alimentan sus respuestas afirmando el discurrir de sus pasos proclamantes de Fe? – se repreguntó nuevamente.
En un himpas, creyó descubrir dónde podría encontrar sus propias respuestas y alejar sus tormentos:
Sólo bajo la forma de un hombre; acercar su mano temblorosa a una caricia, calmar su ansiedad encontrándose con las miradas solicitando desesperadas y agotadas en la espera de abordar a su único amor.
Se incorporó alejándose de su prosternación quedando sentado en su cama, tomó con ambas manos su cabeza y mirando al piso, fijó su pensamiento en rebeldía y resignación:
– No sé cuáles serán mis pasos como clérigo y como hombre. Si mi camino está atado a la mano de Dios, sé que mi vida y mi paraíso están en el amor, en el encuentro de sus brazos y los míos; en su inagotable amor.
–
El paraíso. Mi paraíso – susurró embargado en lágrimas – está donde está ella. Donde está ella…
Autor: Huber Cracogna