…Por Huber Cracogna
Los imperiosos y necesarios debates que exige la democracia, no solo en tiempos electorales, se suma en un clásico oportunismo fatídico: el pedido solícito de ubicarlos en medios periodísticos – radiales y televisivos – ajustado a un formato de comodidad destinado al alto rating, en el que solo se puede esperar un espectáculo morboso, insulso e incluso banal. Cuanto menos nivel intelectual acusan los debatientes, mejor y más brillante luz propone un debate ilustrados por moderadores de saco y corbata amalgamado e iluminado por luces de estudios televisivos y sonoros antros radiales.
Espectáculos políticos mediáticos que, en general y a menudo, financiados por los grandes partidos político y auspiciados por grandes empresas nacionales y multinacionales, reducen toda posibilidad de discusión real y necesaria. Es decir, es poco, muy poco creíble, la honestidad y transparencia que se postula como regla aplicada a garantizar equilibrios evitando subrepticios favoritismos ya predeterminados y establecidos.
Por otra parte, espectáculos mediáticos este que prosperaron en democracias de muy baja intensidad en las cuales, timbearse un candidato, por más ignoto que resulte, jamás pondría en alerta y amenaza a las estructuras más conservadoras, rancias e inconfesables que se advierta o se sospeche. EEUU es el país que mostró al mundo estos espectáculos circense como un elemento aportante a su democracia: allí votan menos de 30 % de su población y las políticas las instruyen dos grandes negocios que sostiene sus economía: las petroleras y fabricantes de armas ¿Qué podría hacer el ganador de un debate ante tamaño monstruo opresor del sistema? EEUU, país rico y avasallador en el que el 35 % de su población vive debajo de la pobreza e indigencia.
El norte santafesino, que por su pobreza y subdesarrollo, tiene la triste particularidad de que la poca actividad rentable que ostenta está bajo el férreo control de foros privados. En estos años fueron tristemente avasallados derecho y perspectivas sobre actividades de exclusiva responsabilidad estatal, tal como lo es la salud, la educación y la tenencia de tierras, incluido, tierras fiscales, que menguan ostensiblemente, el derecho a protegerse de igual modo que desarrollarse. Comprar espacios para viviendas resulta una utopía cuando lo que sobra es tierra en una zona subpoblada. En gran parte de nuestras localidades los hospitales ofrecen prestaciones elementales de salud al tiempo que las calificadas – prestaciones médicas – y más onerosa solo se adquiere a instancia de la salud privada. Del mismo modo, la alternativa oficial es la EDUCACIÓN PRIVADA que incluye universidades sin que el ofrecimiento público en este contexto se conozca o aparezca. Solo bajo las promesas de candidatos de proyectos en ciernes y lejanos en el tiempo.
¿Podríamos asegurar que los debates exigidos y reclamados vendrán a plantear, asegurar y/o proyectar discurrimientos, predominios, análisis y soluciones a una realidad sometida por los mismo intereses creados que auspician estos adefésico debates mediáticos?
Sumado a garantizar rating agigantando el volumen de las arcas de canales de televisión y alguna radio favorecida, los mentados debates ¿tienen algún otro objetivo más noble y confeso?