No es un actor lateral: es un operador histórico. El comisario que ahora se presenta como “arrepentido” manejó durante más de una década el sistema de combustible de la policía rosarina. Vive en una casa valuada en unos 200 mil dólares, tiene una camioneta de alta gama y le encontraron otros 50 mil dólares en efectivo. ¿Solo con el sueldo policial?
Por Rubén Pombo
El hombre del garage que siempre estuvo
En los papeles, Gerardo Fabián Ramírez es “imputado colaborador”, una figura jurídica que lo coloca del lado de quienes “ayudan” a la Justicia a reconstruir el funcionamiento de una presunta asociación ilícita montada alrededor del combustible policial en Rosario.
Pero hay un dato que desarma la imagen de funcionario ingenuo que “recién ahora se da cuenta” de cómo funcionaba el sistema:
Ramírez está ligado al manejo del combustible desde 2011.
Más de catorce años vinculado al mismo engranaje, con breves pasos por otros destinos, pero siempre orbitando en el mismo núcleo duro: el garage, las tarjetas, los litros cargados, las planillas, los pagos a estaciones de servicio. No es un actor lateral: es un operador histórico.
En criollo: si alguien sabía cómo funcionaba el negocio del combustible en la Policía de Rosario, ese alguien era Ramírez. Presentarlo solo como “víctima de presiones” o como un espectador tardíamente arrepentido no resiste el menor análisis.
El «giro colaborador»
El giro de Ramírez hacia la figura del “arrepentido” no fue espontáneo ni moral, fue procesal. El 5 de mayo de 2025 cayó preso junto con otros implicados y, tras la apelación de agosto, todos recuperaron la libertad menos Domínguez, Ramírez y Villordo. Recién entonces apareció la carta del colaborador: según reconstruyen fuentes del caso, su abogado Ferreyra negoció y el 28 declaró ante el juez Pérez de Urrechu y, a instancias del fiscal Caterina, obtuvo la libertad al día siguiente. No fue gratis: una semana después, sus dichos detonaron una nueva oleada de allanamientos y medidas, esta vez dirigidas por lo que Ramírez había contado desde el otro lado del mostrador.
Lo que contó
Cuando pidió ser aceptado como imputado colaborador, Ramírez no solo habló: reconstruyó la cocina del negocio. Dijo que fue convocado por el entonces jefe de la UR II, Daniel Acosta, y por su secretario privado, Rodrigo Domínguez, quienes le plantearon “la posibilidad de hacer dinero con las cargas de combustible” a través de una estación de servicio determinada. Señaló que la idea técnica de sobrefacturar “dos o tres litros por móvil” habría sido del subinspector Sergio López y que todo se hacía con el aval de Acosta. También describió una ronda de reuniones con jefes de cuerpos —Comando, Motorizada, CGI, BOU y otros— donde, según su versión, se les dejó en claro que, si querían seguir en sus cargos, tenían que acomodarse al nuevo esquema. Es decir: no habló de un desvío aislado, habló de un sistema armado desde la cúpula, del que él mismo fue pieza central durante años.
Los señalados
1. Cúpula de la organización (según su propio relato)
Daniel Acosta – Jefe de la Unidad Regional II. Lo señala como quien lo llama, lo repone en Garage y autoriza la maniobra para “hacer dinero con las cargas de combustible”.
Rodrigo Domínguez – entonces secretario privado / jefe de la privada de Acosta. Lo presenta como intermediario clave: lo convoca, le propone volver al Garage, coordina reuniones con jefes y, después, como recolector del dinero quincenal de la estación Tiferno.
2. Ideólogo técnico del sistema de sobrefacturación
Subinspector Sergio López – administrador del Comando Radioeléctrico. Ramírez le atribuye la idea concreta de sobrefacturar “dos o tres litros por móvil” en cada carga.
3. Jefes de secciones que –según Ramírez– aceptan “generar dinero y subirlo”
Ramírez dice expresamente que fueron convocados por Acosta/Domínguez, se les planteó la “propuesta” y todos accedieron:
Diego Santamaría – Jefe del Comando Radioeléctrico.
Héctor Saucedo – Comisario, Jefe de Motorizada.
Leonardo Garbuglia – Comisario, Jefe de la Guardia de Infantería (CGI).
Diego Luna – Subcomisario, luego Jefe de CGI tras Garbuglia.
Ricardo López – Subcomisario, Jefe del BOU (Brigada de Orden Urbano).
Juan Pablo Pigozzi – Comisario, Jefe del BOU después de Ricardo López.
Damián Martín – Subcomisario, Jefe de la Sección Perros.
Adrián Bhal – Comisario, Jefe de la Sección Perros después de Martín.
Fabián Fantín – Subcomisario, también Jefe de la Sección Perros en una etapa posterior.
“Becerra” – jefe del GTM cuando el grupo se independiza del Comando.
Fernando Ceballos – administrador del GTM, quien manejaba el pago con tarjetas Visa Flota.
Roberto Blanco – Comisario Supervisor, Jefe de Logística, con un esquema propio de pago quincenal.
4. Encargados de carga y habilitado
Además de los jefes, Ramírez apunta a quienes movían plástico y papeles:
Delgado – encargado de carga de Logística (a cargo de las tarjetas y cargas de esa área).
Bazán – encargado de carga de tres móviles específicos; según Ramírez, recibía un porcentaje de la recaudación de esos vehículos.
Ernesto Chamorro – habilitado (área de finanzas); Ramírez dice que “tenía conocimiento de todo esto”.
5. Titulares de móviles con recaudación compartida
En un tramo puntual de su declaración (que después la Fiscalía usa para pedir allanamientos), Ramírez describe tres móviles cuya recaudación se repartía así:
Rodrigo Domínguez – se llevaba el porcentaje mayor.
Roldán, Sandoval y Cuesta – destinatarios de esos vehículos, que recibían una parte de la recaudación de cada móvil.
Bazán – como dije arriba, el encargado de carga, que tomaba un porcentaje menor.
Casa en dólares, sueldo en pesos
El otro frente incómodo para el “arrepentido” es su patrimonio.
De acuerdo a la información relevada por este medio, Ramírez:
Reside en una vivienda de alto estándar en la localidad de Pueblo Esther, con una valuación aproximada de 200.000 dólares.
Es propietario de una camioneta Ford de alta gama, valuada en el orden de los 50.000 dólares.
En un allanamiento, se habrían secuestrado en su domicilio alrededor de 50.000 dólares en efectivo.
Cualquier trabajador estatal sabe lo que significa hacer rendir un sueldo en pesos, licuado por la inflación y con paritarias siempre corriendo de atrás. Un comisario supervisor no está entre los peores salarios del Estado, pero tampoco en la liga de los que pueden comprar propiedades en dólares, camionetas de lujo y acumular decenas de miles de billetes estadounidenses en efectivo… si solo dependen de su haber mensual.